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martes, 16 de abril de 2019

CUARTO CÁNTICO DEL SIERVO SUFRIENTE

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El cuarto cántico de Siervo sufriente
Is 52,13-53,12



El viernes santo leemos el cuarto y último poema de Isaías acerca de la misteriosa figura del Siervo sufriente.

La lectura del cuarto cántico del Siervo sufriente del Segundo Isaías nos sobrecoge, nos parece que al leerlo van desfilando ante nosotros los momentos de la Pasión del Señor.

No es casual que ocurra eso: la pasión del Señor fue meditada y profundizada por la primera Iglesia a la luz de textos del Antiguo Testamento, y muy especialmente a la luz de este texto. Pero también es cierto lo opuesto: este texto se vuelve especialmente claro al confrontarlo con su cumplimiento en nuestro Señor. Posiblemente con ningún otro texto "dialoga" la Pasión como con este poema; me atrevería a decir que más incluso que con un salmo eminentemente de pasión como el 22.

Pero detenernos en primera medida (o peor aun, con exclusividad) en ese significado cristiano del poema de Isaías nos puede encandilar, nos puede llevar a que perdamos el sabor del poema mismo en toda su misteriosa alusividad.

Va a hablar del sufrimiento del Siervo, incluso lo va a hablar con mucha mayor claridad y contundencia que en los tres anteriores. Se diría que en este aspecto los cuatro poemas forman una escala: en el primero se nos presenta la figura del siervo, su cometido, y el método con el que lo intentará cumplir; en el segundo se abre el foco del misterio del Siervo: su tarea afectará no sólo a Judá e Israel, sino a todas las naciones, y aparece ya con una luz incipiente la cuestión del sufrimiento: él cree que no consigue realizar el designio de Dios, pero Dios anuncia el cumplimiento, e incluso lo exalta por encima de su carácter de siervo; en el tercero el propio Siervo penetra en el misterio del sufrimiento como lugar de la salvación: él mismo abre su oído para que le sea destilada en él, no la sabiduría de los manuales, sino la sabiduría del dolor que salva.

En el cuarto poema se detallarán esos sufrimientos, pero aparece una novedad: los que rodean al Siervo han comprendido su obra, realmente por efecto del obrar del Siervo -¡por sus sufrimientos!- el ser humano al que el Siervo se dirigía ha cambiado, se ha vuelto capaz de algo nuevo. El cuarto poema habla del sufrimiento del Siervo, pero no es una endecha sino un cántico triunfal: el dolor ha servido, ha transformado a los hombres, que ahora comprenden.

Por eso el poema comienza con un grito de triunfo: «Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho.»

Me gustaría detenerme un poco en esta expresión que la liturgia traduce como "tendrá éxito". Por lo pronto, debemos comprender la índole del idioma hebreo para acercarnos con más provecho a lo que allí se dice: nosotros inevitablemente tenemos que poner allí una forma de futuro, "tendrá éxito". El futuro es por definición lo que aun no ha sido, y por tanto puede no ocurrir tal como se espera. "Mi siervo tendrá éxito" podría sonar a un mero voluntarismo: "yo quiero/deseo que le vaya bien, que finalmente su tarea sirva, que tenga éxito". Pero la Biblia -que ve a Dios principalmente como Señor del tiempo- tiene una relación distinta con el tiempo futuro, ¡incluso su gramática verbal es distinta! Propiamente hablando, el idioma hebreo no tiene tiempo futuro, sino acciones completas (usadas casi siempre para hablar del pasado) y acciones incompletas, usadas para hablar tanto del futuro, como de lo que ya mismo se está realizando, aunque aun falte para su total realidad. Digamos que incluso en el idioma, el futuro no es nunca incertidumbre, sino fundamentalmente promesa, y puesto que quien promete es Dios, promesa firme y que no fallará:

«La visión espera su momento,

se acercará su término y no fallará;

si tarda, espérala,

porque ha de llegar sin retrasarse.»

enuncia Habacuc 2,3

Así que cuando leemos "mi siervo tendrá éxito", conseguiremos penetrar mejor en el sentido si mentalmente entendemos esa acción como incoada en el presente: "Mirad, mi siervo comienza a tener éxito".

Otro aspecto que me gustaría destacar es este verbo "tener éxito" (sajal, en hebreo). No es fácil traducirlo; si comparamos distintas versiones, veremos un amplio abanico, desde la antigua Vulgata que traducía "mi siervo entenderá", hasta Biblia de Jerusalén que traduce "mi siervo prosperará". No parece que un verbo y otro tuvieran demasiado que ver entre sí. Comprenderemos mejor a lo que apunta esta frase si tenemos en cuenta que la primera vez que esta palabra aparece en la Biblia es con la mujer mirando el fruto del árbol prohibido, cuando -luego del diálogo con la serpiente- descubre que "el árbol es bueno para comer, atractivo a la vista, y deseable para «sajal»..." no se trata simplemente de conocer, sino de penetrar en el secreto de la sabiduría, de volverse uno mismo fuente de sabiduría.

Recordemos que teníamos al Siervo en el canto tercero poniendo su oído ante el Señor para escuchar como discípulo, para aprender. El cuarto canto comienza por el final que había quedado abierto en el tercero: "Mirad, efectivamente el Siervo consigue ser el verdadero discípulo que aspiraba ser. Sí, tiene éxito".

¿Pero qué era lo que el Siervo/discípulo quería penetrar, qué era lo que necesitaba "saber" para considerar que alcanza ese saber? No el saber de los antiguos, lo dicho y repetido, sino un saber nuevo: el valor salvador del sufrimiento, y eso sólo lo puede saber sufriendo. El sufrimiento no se sabe escuchando hablar sobre él, sino sufriéndolo con paciencia. Podemos leer mil libros sobre el dolor de muelas, pero sólo sufriendo un dolor de muelas sabremos lo que es. Sobre muchas cosas hay saber teórico, pero sobre el sufrimiento no hay saber teórico, su escuela es siempre el sufrimiento mismo.

Y puesto que él mismo ofreció la espalda a los que lo golpeaban, la mejilla a los que tiraban de su barba, entonces el Señor puede asegurar que el Siervo consigue su objetivo: realizar en él la revelación del sufrimiento, el sentido total del sufrimiento.

A partir de aquí el poema avanzará unos versículos contándonos lo que el Siervo tuvo que padecer, pero no lo cuenta como un regodeo en el dolor, sino más bien como un "catálogo" de lo que ahora ha adquirido por fin sentido por primera vez: el abandono, la fealdad, la soledad, el aislamiento... todo eso lleva el Siervo en sus espaldas hacia su triunfo, que ya ha comenzado.

Pero precisamente cuando el poema está catalogando los dolores de este "varón de dolores" (53,3) se produce un fenómeno aparentemente casual: ¡el poema cambia de sujeto! Había comenzado hablando el Señor, para garantizar (y sólo él puede hacerlo) el éxito de su Siervo, pero en 53,1 aparece un plural que en principio puede ser ambiguo: "¿Quién creyó nuestro anuncio?" Todavía podría ser que estuviera hablando el Señor, y que usara un plural de majestad, como tantas veces Dios aparece hablando en plural en la Biblia (por ejemplo, el famoso "hagamos al hombre a nuestra imagen").

 Sin embargo en la siguiente parte del verso dice "¿a quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote..." Está claro que el que habla, o más bien LOS que hablan ahora no son el Señor ni el Siervo, sino un grupo que se va perfilando de a poco. El efecto poético es el que experimentaríamos si escucháramos venir un coro por una callejuela: primero escucharíamos confusamente, nos daríamos cuenta de que hay varios, pero no sabríamos aun cómo esa voces conjugan entre sí; pero a medida que se fueran acercando podríamos definir mucho mejor lo que oímos, incluso podríamos determinar si cantan al unísono, o cómo se relacionan.

En "¿Quién creyó nuestro anuncio?" ese plural es todavía vago y lejano, pero inexorablemente avanza, y pocos versículos más abajo ya nos dicen: "Él soportó nuestros sufrimientos", y poco más abajo: "sus cicatrices nos curaron".

Ese plural se ha vuelto del todo concreto: somos los que rodeamos al Siervo, que reconocemos no sólo que él ha adquirido la sabiduría en el sufrimiento, sino que en él la hemos adquirido todos. Su "éxito" es el éxito de todos, su "prosperidad", la prosperidad de todos. Somos seres humanos nuevos, en el sufrimiento de este Siervo.

No en vano se pasa a la metáfora de la oveja.... pero es una metáfora doble: él fue como una oveja, muda ante el esquilador, pero nosotros también éramos como ovejas, sin pastor, errantes, siguiendo cada una su propio camino.

Por todo ello, el premio de este Siervo solitario, abandonado, aislado, no es sólo al vida.... ¡que ya es mucho! es la propia multitud que habla de él, y que queda incorporada a él: "Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre."

Y nuevamente sobre el final la voz del poema vuelve a ser la del Señor, precisamente porque la promesa que se inaugura en los sufrimientos del Siervo es demasiado grande como para que pueda ser garantizado por algún otro. No basta que nos digan de terceras partes que por sus heridas fuimos curados: es el propio Señor, ante quien fuimos curados, quien asegura la eficacia de ese remedio, y la sobreabundancia de no ser ya más ovejas errantes, sino estar incorporadas al rebaño de la oveja muda, vuelta ella misma -y para siempre- el único Pastor.

El poema no nos presenta una teoría del sufrimiento vicario y redentor: más bien pone a hablar al Salvador y a los salvados, nos pone en diálogo con Dios, y ese diálogo, ese poder hablar con Dios ("como un amigo con su amigo") es ya la salvación. Dios mismo nos anuncia la grandeza de ese sufrimiento vicario, y nos descubre el secreto inaudito, escondido desde la escena del Edén: era posible adquirir eso que deseaba el primer ser humano, sólo que no se adquiría estirando la mano cómodamente, sino que se recibe en la vicariedad, admitiendo ser nada, para que Dios pueda realizar en cada uno de nosotros, lo de todos.

Mirad, mi siervo tendrá éxito,

subirá y crecerá mucho.


Como muchos se espantaron de él,

porque desfigurado no parecía hombre,

ni tenía aspecto humano,

así asombrará a muchos pueblos,

ante él los reyes cerrarán la boca,

al ver algo inenarrable

y contemplar algo inaudito.


¿Quién creyó nuestro anuncio?,

¿a quién se reveló el brazo del Señor?

Creció en su presencia como brote,

como raíz en tierra árida,

sin figura, sin belleza.


Lo vimos sin aspecto atrayente,

despreciado y evitado de los hombres,

como un hombre de dolores, acostumbrado a 

sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros,

despreciado y desestimado.


Él soportó nuestros sufrimientos

y aguantó nuestros dolores;

nosotros lo estimamos leproso,

herido de Dios y humillado;

pero él fue traspasado por nuestras rebeliones,

triturado por nuestros crímenes.


Nuestro castigo saludable cayó sobre él,

sus cicatrices nos curaron.


Todos errábamos como ovejas,

cada uno siguiendo su camino;

y el Señor cargó sobre él

todos nuestros crímenes.


Maltratado, voluntariamente se humillaba

y no abría la boca;

como cordero llevado al matadero,

como oveja ante el esquilador,

enmudecía y no abría la boca.


Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron,

¿quien meditó en su destino?

Lo arrancaron de la tierra de los vivos,

por los pecados de mi pueblo lo hirieron.


Le dieron sepultura con los malvados,

y una tumba con los malhechores,

aunque no había cometido crímenes

ni hubo engaño en su boca.


El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento,

y entregar su vida como expiación;

verá su descendencia, prolongará sus años,

lo que el Señor quiere prosperará por su mano.


Por los trabajos de su alma verá la luz,

el justo se saciará de conocimiento.


Mi siervo justificará a muchos,

porque cargó con los crímenes de ellos.


Le daré una multitud como parte,

y tendrá como despojo una muchedumbre.


Porque expuso su vida a la muerte

y fue contado entre los pecadores,

él tomó el pecado de muchos

e intercedió por los pecadores.



TERCER CÁNTICO DEL SIERVO SUFRIENTE





El tercer cántico de Siervo sufriente
Is 50,4-9a
por Lic. Abel Della Costa


El miércoles santo leemos el tercer poema de Isaías acerca de la misteriosa figura del Siervo sufriente.

El tercer cántico del Siervo introduce de lleno la cuestión del sufrimiento; estaba ya en los dos anteriores, pero ahora se hace del todo explícita y domina todo el poema. Es curioso el modo como aparece:

«Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,

para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído,

para que escuche como los iniciados.»

Parece que estamos en plena literatura sapiencial; no están lejos estos versos de los de, por ejemplo, Eclesiástico (Ben Sirá):

«Si quieres, hijo, serás adoctrinado,

si te aplicas bien, entenderás de todo.

Si te gusta escuchar, aprenderás,

si inclinas tu oído, serás sabio.

Acude a la reunión de los ancianos;

¿que hay un sabio?, júntate a él.

Anhela escuchar todo discurso que venga de Dios,

que no se te escapen los proverbios agudos.» (Sir 6,32-35)

Sólo que la sabiduría de la que hablan uno y otro es diversa. Segundo Isaías continúa:

«El Señor me abrió el oído; yo no resistí

ni me eché atrás:

ofrecí la espalda a los que me apaleaban...»

No se trata de "proverbios agudos" sino del dolor que hace sabio, del sufrimiento que enseña.

Ahora bien, eso que es sufrimiento en el Siervo, es palabra de aliento y consuelo en aquel a quien se dirige. Y esta relación entre un sufrimiento, que al sufrir consuela a los demás, no lo podemos razonar con facilidad, pero lo podemos saber no sólo porque el poema lo establece, sino por la experiencia de tantos santos, que mientras padecían en ellos el peor de los sufrimientos, de la lejanía divina, del sentimiento del abandono de Dios y la oscuridad, irradiaban a su alrededor, a los demás, la luz del consuelo divino. Y no por lo que dijeran (porque bien podría ser que nos estuvieran mintiendo), sino por su vida, y el consolador contacto de cada uno con ella.

A menudo no nos enteramos más que indirectamente y con posterioridad que ese santo que conocimos, con quien estuvimos cerca o seguimos su curso vital, estaba siendo probado en el sufrimiento y la soledad.

Cuando se ofrecen "razones de la fe" no hay que olvidar esta fundamental: la fe no es una verdad sabida, sino una verdad vivida, ¿qué verdad podría tener el anoticiarnos de la cruz de Cristo, si no pudiésemos experimentar nosotros mismos esa cruz, como discípulos que dejan que sus oídos se abran?

Tiene razón el Eclesiástico: "si inclinas tu oído, serás sabio". Pero inclinar el oído tiene, en la economía del Siervo sufriente, un significado muy concreto: implica ofrecer la espalda a los que golpean, y las mejillas a los que mesan la barba.

En estas épocas de sufrimiento y dolores de parto de la fe, pienso en cuán lejos estamos los cristianos de entender que Dios está salvando al mundo por medio de las tensiones de la fe; qué escasísimo favor le hacemos a la fe "defendiéndola" con la defensa naturalista del que se pone a la misma altura de los que la atacann, y no ofrece más bien la espalda para ser golpeada. Imagino a Jesús haciéndole un juicio a uno porque ofendió públicamente a la fe, o a Jesús haciendo un boicot a una empresa porque es pecadora (proabortista, prolobbygay, etc etc etc), y pienso que no sólo eso no forma parte de la economía de la fe, ¡sino que de ese modo impedimos la tarea salvadora de Dios!

El tercer cántico nos aporta un elemento enteramente nuevo: al sufrimiento redentor que Dios ofrece, hay que responder con un "sí, quiero", Dios no redime "en automático" ni por el hecho de que sufrimos, sino porque aceptamos decididamente que ese sufrimiento sea redentor: "ofrecí mi espalda". Lo que nos abre un poco más la comprensión de la enigmática y vapuleada frase de Jesús: "al que te pegue en una mejilla, ofrécele la otra" (Mt 5,39).



SEGUNDO CÁNTICO DEL SIERVO SUFRIENTE

El segundo cántico del Siervo sufriente

Is 49,1-6

14 de abril de 2014
El martes santo leemos el segundo poema de Isaías acerca de la misteriosa figura del Siervo sufriente
En el primero nos había presentado al personaje, y la contradicción fundamental: el dolor puede dar vida, la muerte puede estar preñada de vida, aunque cómo vaya a ocurrir eso esté guardado en la insondable mente divina.
El segundo comienza con una invocación extraña: «Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos». El poema se dirige al Siervo, pero este está rodeado de los beneficiarios de su misteriosa elección, y esos beneficiarios no son sólo Israel y Judá, ¡son el mundo entero, las naciones, las islas lejanas!
Como hemos visto en el artículo anterior, estos poemas son proclamados en el exilio babilónico de Judá (siglo VI aC). Judá aprendió mucho en el exilio, muchos aspectos de su religiosidad se formaron en contacto, diálogo y discusión con la religión babilónica y con esa desarrollada civilización.
Como en todo choque cultural, se dieron los dos extremos: algunos que se asimilaron tanto que la identidad de Judá se desdibujó, y otros que veían en ese contacto con "el extranjero e idólatra" una contaminación viciada de raíz, de la que nada bueno podía salir.
El Segundo Isaías anuncia que, en misterio, hay un obrar de Dios hacia el mundo, que pasa por los sufrimientos de su Siervo, y por lo tanto el contacto con el mundo no es sólo fuente de contaminación, sino también el destino último del mensaje bíblico... en definitiva Dios había llamado a Abraham para prometerle un gran pueblo, pero la promesa había incluido también una bendición de las naciones (Gn 12,1-3).
Una ambivalencia recorre todo el poema: parece dirigirse al Siervo como una figura individual, pero por momentos parece también que esa figura fuera el propio pueblo de Juda, no como individuo, sino como comunidad. Efectivamente, los cuatro poemas se mueven en esa delgada línea en la que Judá es el primer destinatario de la acción salvadora del Siervo, pero es también el actor de esa acción salvadora, y es el actor, precisamente porque esa salvación no está destinada sólo a JUdá, sino al mundo entero.

Este poema es especialmente apropiado para meditar en nuestra época, como iglesia de Cristo en un mundo que parece querer tragarnos y aniquilarnos. Somos pequeños, y aun quizás nos pode el Señor mucho más, quizás nada de lo que consideramos las "señas de identidad de LO católico" vaya a subsistir. Quizás, como le pasó al pueblo de Judá, ponemos las certezas de la elección divina en cosas sublimes, pero que no son Dios: la doctrina, el rito, cierto conjunto de símbolos verdaderos y entrañables. Pero Dios puede pedirnos como le pidió a Judá: que entreguemos todo y vayamos al exilio. 
El segundo cántico del Siervo sufriente contrapome el dolor y perplejidad del Siervo que es "podado", "castigado" por un Dios que parece lejano, pero que en esa misma poda y castigo está manifestando su favor: 
«Tú eres mi siervo,
de quien estoy orgulloso.»
Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas»
No se trata de un dios sádico ni perverso, de un dios que necesitara hacer sufrir para salvar. Se trata de que "salvar" significa en definitiva que la propia lejanía de Dios, incluso hasta la muerte, tengan sentido, y eso sólo pueden tenerlo si Dios mismo las experimenta, si forman parte de su ser y de su vida. Si la lejanía y el extrañamiento, si una vida a-tea está incorporada en el ser mismo de Dios.
Y es un sufrimiento que es a la vez un gozo, porque en tanto Dios experimenta la lejanía, el abandono y la muerte, ocurrirá que lleguemos hasta Dios y lo encontremos, y nos alejemos de él, y también esté allí, como dice el salmo:

«Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (salmo 139)

En nuestra relación con el mundo deberíamos tener siempre presente este segundo cántico: Dios está salvando al mundo, a las naciones, y a las islas más lejanas, también en el momento en que ellas están lejos, y quizás cuanto más lejos están, allí más se les pone cerca el Señor. Sólo nos pide acompañarlo en ello, experimentar en nosotros la lejanía y el extrañamiento, la muerte salvadora.

EL PRIMER CÁNTICO DEL SIERVO SUFRIENTE

El primer cántico del Siervo sufriente


Breve lectura del primero de los cuatro cánticos del Siervo Sufriente del libro de Isaías

Así dice el Señor:
"Mirad a mi siervo, a quien sostengo;
mi elegido, a quien prefiero.

Sobre él he puesto mi espíritu,
para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.

La caña cascada no la quebrará,
el pábilo vacilante no lo apagará.

Promoverá fielmente el derecho,
no vacilará ni se quebrará,
hasta implantar el derecho en la tierra,
y sus leyes que esperan las islas."

Así dice el Señor Dios,
que creó y desplegó los cielos,
consolidó la tierra con su vegetación,
dio el respiro al pueblo que la habita
y el aliento a los que se mueven en ella:

"Yo, el Señor, te he llamado con justicia,
te he cogido de la mano,
te he formado, y te he hecho
alianza de un pueblo, luz de las naciones.

Para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la prisión,
y de la mazmorra a los que habitan las 
tinieblas."

Este bello poema que leemos como primera lectura de la misa del lunes santo es el llamado "Primer canto del siervo sufriente", parte de un conjunto de 4 poemas de tema semejante que se encuentran repartidos en el libro de Isaías, entre los capítulos 42 y 53. Este ocupa Is 42,1-7.
Pertenecen a la segunda parte del libro de Isaías, al "Libro de la Consolación de Israel" (Is 40 a 55), debido a un profeta anónimo, continuador del histórico Isaías (Is 1-39), cuyo libro quedó adosado al del gran profeta del siglo VIIIaC, y que a falta de nombre llamamos simplemente "Segundo Isaías" (hay también un "Tercero", cuyos poemas-profecías ocupan el libro de Isaías capítulos 56 a 66).
Debemos al Segundo Isaías algunos de los conceptos religiosos que luego resultaron centrales en la fe cristiana. Por ejemplo: el sentido teológico de la expresión "evangelio" (buena noticia), el sentido religioso de la palabra "redentor", y, gracias precisamente a los cuatro cánticos del Siervo, la profundización en la salvación vicaria (o sustitutiva) por medio del sufrimiento.
A pesar de la alegría y la esperanza que trasluce su libro, el Segundo Isaías se formó en la escuela del sufrimiento: su pueblo, Israel, estaba deportado desde hacía ya varias décadas. El Dios que los había librado de Egipto, que los había conducido por el desierto y liberado para ellos el territorio de Canaán, parecía ahora darles la espalda.
Sin tierra, sin templo, sin culto, sin instituciones nacionales, rodeados de una civilización pujante y arrolladora como era Babilonia, cuando la mayoría de los que habían venido deportados o habían ya nacido en el exilio se habían afincado, la existencia de Israel estaba amenazada de raíz, de simplemente desaparecer tragados por el devenir de la historia (como tantos otros pueblos, incluso mucho más grandes que la minúscula e insignificante tribu de Judá).
Este anónimo Isaías se sabe llamado por ese Dios esquivo y aparentemente lejano a anunciar una buena noticia: hay rescate -redención- para Israel, y no sólo eso: el sufrimiento de 50 años de exilio había sido el lugar mismo de la redención. Ese sufrimiento era salvador.
Sobre la figura de los sufrimientos del profeta doloroso por antonomasia -Jeremías-, Isaías poetiza el valor que tiene ante Dios el sufrimiento de un hombre que resulta ser, incluso sin saberlo él mismo, rescate de todos.
Era una forma también de enseñarle a ese Israel exiliado que el dolor del exilio no había sido vano, que donde hay dolor hay una cercanía a Dios incluso mayor, que Dios "hace algo" con ese dolor.
Sin embargo, las palabras de Isaías son palabra de Dios, y quizás ni el propio Segundo Isaías sabía hasta qué punto estaba dando la clave divina de la historia y de la alianza de Dios con los hombres: rescatar de los hombres todo, incluyendo el dolor, incluyendo las injusticias y la muerte aparentemente sin sentido.
Su profecía habla del pasado (Jeremías), interpreta el presente (exilio de Israel), pero contiene de manera misteriosa el futuro (la prefiguración del sufrimiento redentor de Cristo).
Pero para poder entender a fondo este poema y el mensaje general del Segundo Isaías, debemos atender a lo que anuncia centralmente: los procedimientos de Dios son inesperados, Dios no puede ser manejado por nuestros modos de entenderlo, Dios no redime al modo como nosotros queremos: 
Frente a una religión de Israel que pretendía ser autosuficiente, y comprender a Dios y expresarlo, el profeta anuncia: "No gritará, no clamará,/no voceará por las calles./La caña cascada no la quebrará,/el pábilo vacilante no lo apagará."
Frente a un Israel que se pretendía a sí mismo elegido con exclusividad ante los demás pueblos, dirá el profeta: "te he formado, y te he hecho/alianza de un pueblo, luz de las naciones."
Leemos este poema el lunes santo, a la vista de la pasión de Jesús, y como profecía cumplida plenamente en él; pero el poema no habla sólo de un cumplimiento que podemos dejar en el pasado, sino de un reclamo siempre actual: ¿somos capaces nosotros, el nuevo Israel, de superar el exclusivismo religioso, ahora que sabemos que la voluntad salvadora de Dios se dirige desde siempre a todos los hombres, y no a unos pocos? ¿somos capaces de superar la tentación de apalear a los demás con la verdad de la fe, aun cuando sepamos y tengamos la plena certeza de esa verdad, sabiendo que los procedimientos de Dios no son esos, ¡y él mismo es la Verdad!?